
Hoy he sabido que en este 2010 el poeta, novelista y hombre hecho para el arte cumplió sus siete décadas de vida. La certeza de que aún es joven y de que está entre nosotros, y el placer de saberme entre sus más fieles lectores, me llevan ahora a rememorar aquella mañana de octubre en que toqué a su puerta, en que me recibió en su oficina de la presidencia de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba para conversar sobre la poesía de Antonio Guerrero.
Llegué yo a esa Habana de tantos sueños y emociones, con el propósito de acercarme a algunos de los poetas más encumbrados de la literatura nuestra. Para dialogar con esos hombres y mujeres que pudieran darme datalles acerca de si podía ser o no la poesía un arma de lucha en los más dificiles combates de los seres humanos. Allí en mi listado estaba él. No lo había visto nunca en persona, pero casi le sabía de memoria.
Desde aquel día cuando con apenas 15 años cayó en mis manos el texto que sirvió de inspiración a la película “La Bella del Alhambra”, su Canción de Rachel , siempre me pregunté de donde había venido este hombre capas de entretejer historias, hacer trascender los cotidiano, propiciar la comunión entre los seres humanos desde su replanteo de vidas que pueden ser tan comunes como el sol y la luna, pero que nos sirven a todos para crecer y ser mejores.
Luego vino la “Biografía de un Cimarrón” del centro de la isla. Desde mi adolescencia entendí que la isla nuestra iba a ser una amalgama de voces blancas y negras, y que lo verdaderamente importante era aceptarnos similares y avanzar juntos. Tiempo después reviví las historias de aquel “Gallego” que se quedó definitivamente en La Habana para dar nuevas lecturas a nuestra cubanidad, la del patriota de “La Vida Real” que se fue de su tierra y desde entonces no pasó un día sin que no la extrañara.
También pasaron por mis lecturas primeras su poesía conversacional, su gusto por los estudios etnológicos, su pasión por comprender de donde venimos y hacia donde vamos, sus ensayos en torno a la cultura nuestra. Por eso en aquella mañana de octubre en su oficina mis piernas temblaban. Yo debía mostrarme seguro, como exigen los viejos manuales de periodismo ha de ser todo encuentro importante.
Sin embargo Miguel Barnet me liberó de todas las tensiones desde su plática sincera y siempre abierta a las más enconadas polémicas. Desde la primera taza de café que me brindó, donde reconocí estampada una antolológica imagen de Wilfredo Lam, desandamos los caminos de la poesía cubana. Anduvimos atentos a los abrazos de Heredia, los suspiros de Martí, el toque de tambor de Guillén y los balbuceos de otros autores más contemporáneos. Me ayudó el poeta a entender que talento y sensibilidad no son las únicas respuestas para quienes intenten hacer versos, se precisa de una convicción de un compromiso, de una idea.
Con él supe que la poesía viene a las almas de los grandes así, por que sí, y que buscarle explicaciones, encasillarla dentro de conceptos, es quitarle las alas que por siempre debe llevar ella para sí misma y para sus artistas. Cuando la conversación se hizo más intensa, con su habitual carisma me despidió. Otros asuntos reclamaban su presencia en un sitio al que no podía llevarme.
Me dio uno de sus últimos libros autografiados de manera especial, el cual alguna vez regalé a otro poeta en ciernes, que quisás jamás lo haya vuelto a abrir, y me fui de su oficina con el alma llena de versos y la pasión ecendida por aquel encuentro… Otra vez volví a sus historias de cimarones, de mujeres corroídas por los avatares de la vida , a las vivencias contadas desde sus palabras de esos emigrantes que aquí o alla, lucharon por ser, por estar, por existir…
Aquel día también hablé con Pablo Armando Fernández en su enorme casona del reparto Miramar, en la tarde me fui al encuentro con Cesar López, quien a pesar de su voz entrecortada, todavía se resiste a vivir lejos del mar…. pero mi encuentro con Miguel Barnet vuelve ahora que sé que cumple sus siete décadas de existencia, el autor de algunos de mis libros preferidos... y está alli, guardado para siempre, entre las mejores cosas de mi vida.
Llegué yo a esa Habana de tantos sueños y emociones, con el propósito de acercarme a algunos de los poetas más encumbrados de la literatura nuestra. Para dialogar con esos hombres y mujeres que pudieran darme datalles acerca de si podía ser o no la poesía un arma de lucha en los más dificiles combates de los seres humanos. Allí en mi listado estaba él. No lo había visto nunca en persona, pero casi le sabía de memoria.
Desde aquel día cuando con apenas 15 años cayó en mis manos el texto que sirvió de inspiración a la película “La Bella del Alhambra”, su Canción de Rachel , siempre me pregunté de donde había venido este hombre capas de entretejer historias, hacer trascender los cotidiano, propiciar la comunión entre los seres humanos desde su replanteo de vidas que pueden ser tan comunes como el sol y la luna, pero que nos sirven a todos para crecer y ser mejores.
Luego vino la “Biografía de un Cimarrón” del centro de la isla. Desde mi adolescencia entendí que la isla nuestra iba a ser una amalgama de voces blancas y negras, y que lo verdaderamente importante era aceptarnos similares y avanzar juntos. Tiempo después reviví las historias de aquel “Gallego” que se quedó definitivamente en La Habana para dar nuevas lecturas a nuestra cubanidad, la del patriota de “La Vida Real” que se fue de su tierra y desde entonces no pasó un día sin que no la extrañara.
También pasaron por mis lecturas primeras su poesía conversacional, su gusto por los estudios etnológicos, su pasión por comprender de donde venimos y hacia donde vamos, sus ensayos en torno a la cultura nuestra. Por eso en aquella mañana de octubre en su oficina mis piernas temblaban. Yo debía mostrarme seguro, como exigen los viejos manuales de periodismo ha de ser todo encuentro importante.
Sin embargo Miguel Barnet me liberó de todas las tensiones desde su plática sincera y siempre abierta a las más enconadas polémicas. Desde la primera taza de café que me brindó, donde reconocí estampada una antolológica imagen de Wilfredo Lam, desandamos los caminos de la poesía cubana. Anduvimos atentos a los abrazos de Heredia, los suspiros de Martí, el toque de tambor de Guillén y los balbuceos de otros autores más contemporáneos. Me ayudó el poeta a entender que talento y sensibilidad no son las únicas respuestas para quienes intenten hacer versos, se precisa de una convicción de un compromiso, de una idea.
Con él supe que la poesía viene a las almas de los grandes así, por que sí, y que buscarle explicaciones, encasillarla dentro de conceptos, es quitarle las alas que por siempre debe llevar ella para sí misma y para sus artistas. Cuando la conversación se hizo más intensa, con su habitual carisma me despidió. Otros asuntos reclamaban su presencia en un sitio al que no podía llevarme.
Me dio uno de sus últimos libros autografiados de manera especial, el cual alguna vez regalé a otro poeta en ciernes, que quisás jamás lo haya vuelto a abrir, y me fui de su oficina con el alma llena de versos y la pasión ecendida por aquel encuentro… Otra vez volví a sus historias de cimarones, de mujeres corroídas por los avatares de la vida , a las vivencias contadas desde sus palabras de esos emigrantes que aquí o alla, lucharon por ser, por estar, por existir…
Aquel día también hablé con Pablo Armando Fernández en su enorme casona del reparto Miramar, en la tarde me fui al encuentro con Cesar López, quien a pesar de su voz entrecortada, todavía se resiste a vivir lejos del mar…. pero mi encuentro con Miguel Barnet vuelve ahora que sé que cumple sus siete décadas de existencia, el autor de algunos de mis libros preferidos... y está alli, guardado para siempre, entre las mejores cosas de mi vida.






