Fueron en verdad muy breves mis horas en Sancti Spíritus. La tierra del Yayabo, las guayaberas y otras leyendas aun por escribirse, me cautivó una vez más gracias a mi espíritu de viajero a toda costa. Esta vez me convocaban las sesiones del encuentro regional de Género y Comunicación, evento que cada dos años invita a reflexionar a los que ejercen el oficio de la palabra desde la radio, la televisión, el periódico o la web, y viven preocupados en cómo nos marca la cuestión milenaria de ser hombres o mujeres.
Llegué a la tierra de Serafín Sánchez con el afán de recorrerla de un punto a otro, más no me alcanzó el tiempo para tanto. Apenas el parque, la sede de la Biblioteca Municipal, la casa de los periodistas espirituanos y el Boulevard, me ayudaron a calar una ciudad que lucha por imponerse a pesar de la humedad de su río, y de los significativos estragos que tantos años de crisis económica y olvidos imponen a los cubanos.
Fue aquel surco de agua llamado Yayabo el que marcó la fundación de la ciudad. Por eso el puente que lo cruza, la vieja iglesia mayor y el propio parque que dedican al heroe mayor de aquella región, marcan los sitios más emblemáticos de la ciudad. Estatuas de personajes populares como el vendedor de periódicos o el pintor de murales, adornan un boulevard donde es imposible definir una uniformidad en estilos arquitectónicos de los edificios, los cuales parecen asistir a un concierto mayor en esa arteria.
Aquel es un siti
o apacible, sin las grandes pretensiones de otras urbes cubanas mucho más dadas a la opulencia y el poder. Es una tierra de hombres y mujeres dispuestos a hacer cualquier cosa para que te lleves a tu casa uno de sus productos. Un paraje que en algunas de sus esquinas hace recordar al viejo Camaguey de tejas rojas, calles estrechas y ríos por todas partes.
Guarda la ciudad la mayor colección de guayaberas de las que se tenga noticias en el mundo. Tiene su museo hermosas piezas de la mueblería cubana del siglo diecinueve. Enseña su biblioteca el esplendor de aquellos años 30 en los que desde la tierra emergían grandes moles de hierros y concreto, en el más genuino de los eclecticismos.
Tuvo Sancti Spíritus para mí el encanto de los pueblos inexplorados, el afán de beber en pocas horas lo que necesariamente hay que tomar acompasado y dándose tiempo para disfrutar. Aquella es una ciudad situada en el centro de la isla, que vive su historia propia, y que ya mismo, entre plazas viejas, gente silenciosa y muchos bicitaxis, hace su presente.
Fue aquel surco de agua llamado Yayabo el que marcó la fundación de la ciudad. Por eso el puente que lo cruza, la vieja iglesia mayor y el propio parque que dedican al heroe mayor de aquella región, marcan los sitios más emblemáticos de la ciudad. Estatuas de personajes populares como el vendedor de periódicos o el pintor de murales, adornan un boulevard donde es imposible definir una uniformidad en estilos arquitectónicos de los edificios, los cuales parecen asistir a un concierto mayor en esa arteria.
Aquel es un siti
Guarda la ciudad la mayor colección de guayaberas de las que se tenga noticias en el mundo. Tiene su museo hermosas piezas de la mueblería cubana del siglo diecinueve. Enseña su biblioteca el esplendor de aquellos años 30 en los que desde la tierra emergían grandes moles de hierros y concreto, en el más genuino de los eclecticismos.