Hubo un tiempo en el que creí que ellas eran bombillos colocados en el cielo. Por ese entonces vivía en una casa donde el techo de tejas antiguas no ofrecía seguridad para que los muchachos del barrio anduviéramos por allí y nos sentáramos a contarlas en las noches Tenía yo solo cuatro años y creía entonces que aquel cielo tan inmenso no tendría fin.
Pero los recuerdos de mi infancia son ahora muy difusos, en verdad he vivido más de 20 años de mi vida en la primera planta de edificio multifamiliar con demasiada gente encima todo el tiempo. Por eso mi encuentro con las estrellas tuvo que esperar tanto. Pero al fin lo conseguí y fue una mañana de junio allá en la capital de todos los cubanos, cuando me ensayaba de viajero, como tantas otras veces de mi vida. La Plaza Vieja del centro histórico de la ciudad del Malecón, El Capitolio y la Plaza de la Revolución José Martí, acoge una instalación hecha desde el buen gusto, donde ciencia y conciencia se conjugan para desentrañar los misterios del cosmos.
Frente a aquel espectáculo de la naturaleza recreado de manera magistral por hombres de ciencia en la isla, entendí cuán diminutos somos en el universo y sobre todo cuán importante resulta que cuidemos ese pequeño planeta que nos han dado por casa. Regresé a mis días de pequeño andarín, cuando miraba las estrellas intentando comprender de dónde venían aquellas luces que me regalaba la oscuridad de la noche. Y los supe allí gracias a explicaciones venidas desde el talento, la sensibilidad y la dulzura, las cuales jamás olvidaré.
Y es que han sido tan importantes las estrellas en mi vida que después de aquella visita a este santuario de la ciencia y el conocimiento, ando incesantemente buscando la mía.